Cuando anunciaron que el 1 de mayo del 2011 sería la Beatificación de Juan Pablo II, me dije:
"Ahí tengo que estar yo". Y a los pocos días me llegó por mail una oferta que Juventud Misionera ofrecía, al principio lo dudé pero luego me eche la manta a la cabeza y dije son momentos históricos en los que cuando pasen los años podré recordar con mucha ilusión, emoción y con la posibilidad de tener guardada en la retina de mi corazón esas palabras: BEATO JUAN PABLO II, y ver como se descubría su imagen en lo más alto del balcón de San Pedro.
Nos puedo explicar con palabras suficientes lo que sentí al escuchar esa ovación atronadora de aplausos que duró más de 20 minutos, y porque nos callaron. Pero no quiero adelantarme tanto y prefiero empezar desde el inicio.
Llegamos el viernes, después de un buen madrugón: 3:20 a.m. a Bérgamo (Milán), de ahí y después de un desayuno italiano: capuchino con nata y un croissant relleno de chocolate, nos subimos al autobús y nos fuimos para Bolonia donde pudimos pasear y disfrutar de una buena tarde primaveral. El grupo se iba conociendo, pues de la universidad - Francisco de Vitoria - salimos una expedición de 45 personas, se nos unieron alumnas de los Colegios Everest y Highlands de Madrid, y al final junto con un buen grupo de alumnos del Highlands del Sevilla, nos juntamos 170 jóvenes con la ilusión de vitorear al Papa, de disfrutar cada según y sobre todo con el corazón lleno de intenciones para pedirle al Beato su intercesión.
Disfrutamos cada momento: con un helado, escuchando música callejera, bailando sevillanas y sobre todo muy buenas conversaciones.
El sábado amanecimos temprano para dirigirnos hacia Orvietto, durante el trayecto fuimos viendo la película de Karol - puedo deciros que a la gran mayoría al concluir la película teníamos los ojos ligeramente brillantes por las tímidas lágrimas que asoman.
Tras subir en el Funicular a Orvietto, y pasear por equipos nos reunimos todos ante el milagro eucaristíco y celebramos la Santa Misa, con cánticos que por el fervor atraían las miradas de los demás turistas. Ahí tuve la grata sorpresa de encontrarme con el Padre Guillermo, L.C., capellán en mi época del Instituto Kilimanjaro de Monterrey, y poder a través de él, enviar un caluroso saludo a tantos amigos que tengo en esa ciudad tan querida para mí.
Poco a poco nos íbamos frotando más las manos y cada uno iba soñando el momento en que llegaríamos a la plaza san Pedro. Creo que pocos nos imaginabamos lo que nos ibamos a encontrar allí. Los autobuses nos dejaron en la estación de tren de Via Aurelia, y ahí tras esperar más de una hora a que llegara el tren, y de amenizar ese tiempo con cánticos y bailes - algo que fue caldeando de emoción el corazón de cada uno de nosotros.

Iba rodeada de personas que era su primera vez en la ciudad eterna y no se querían hacer ninguna expectativa, y ver sus rostros de emoción, de saborear un verdadero ambiente de fe, estímulaba a todos a ser verdaderos testigos de su fe cristiana. Empezamos a caminar rápidamente para tomar posesiones en algún lugar que nos permitiera estar lo más cerca posible del Papa, llegabamos a algunas calles adyacentes pero todo estaba cerradas y nos decían que sólo se iba a abrir la entrada de la Via della Conciliazione. Para allá nos fuimos a aunque algunas nos aventuramos a ver si podíamos llegar a algún otro lugar. Nos fuimos reuniendo y poco a poco tomamos posesiones para comer algo de cena de lo que habíamos comprado antes de salir de Orvietto pues sabíamos que iba a ser una noche larga y tendríamos muchas horas por delante hasta las 10:00 de la mañana.
Una vez que llenamos el estómago, decidimos caldear el ambiente, el cuerpo y el corazón con cánticos que fuimos alternando con los de los polacos, hasta que ya entrada la noche decidimos unirnos todos en oración para rezar el rosario y disponernos a intentar dormir.
Yo alcance a dormitar 40 minutos antes de que hubiera tres intentos de levantarnos, movernos un poco más y avanzar algunas posiciones. Y ¿qué sucedió? pues la organización había anunciado que abriría sus puertas a las 5:00 a.m. pero ante la marabunta de personas que nos íbamos hacinando en esa zona, a algún iluminado se le ocurrió abrir las entradas laterales y empezaron a coger posiciones los últimos que habian llegado, y de repente, empezamos a avanzar y lo que se convirtió en una gran multitud feliz, se convirtió en un caos organizativo, con avalanchas y aplastamientos, que empañó un poco el sentido de estar ahí.
Tras pasar momentos de agobios, e incluso algunos de ansiedad, nos pudimos colocar cerca de las vallas de la avenida principal. Ahí estaba en el centro reinando la Cúpula de Miguel Ángel, y entronizaba un momento histórico para todos los que estabamos ahí.

Tuvimos la posibilidad de conocer a mucha gente de otros países, de compartir experiencias con Juan Pablo II, o de las Jornadas Mundiales de la Juventud, o de los encuentros del Papa en los diferentes países. Mirases donde mirases había banderas de todos los países que ondeaban como saludándose unas a otras. El frio se iba a haciendo presente, muchas personas tuvieron que ser atendidos por los sanitarios: cansancios, lipotimías, gente muy mayor agotada, algún que otro pie roto; y sobre toda expediciones maratonianas para alcanzar un baño y regresar, cual campo de concentración de minas, a tu puesto con tus amigos de peregrinación. Yo he de reconocer que por unos instantes pensé salir de ahí pues mis piernas ya no aguantaban más, demasiadas horas de pie pero con el corazón ilusionado porque llegará el momento de la Beatificación.
Cuando asomaban las primeras luces del alba abrieron las puertas de la Plaza y fueron entrando grupos de 200 personas y mientras se acomodaban el resto sufriamos pisotones, codazos y algún que otro insulto, pero a la vez saludabamos a otros, nos encontrabamos con viejos amigos.
A las 8:00 de la mañana ya estaba en la plaza, estaba situada detrás el obilisco pero con una buena vista del altar, de la pantalla y rodeada de cientos de miles de personas. Ahí pude por fin reclinar mi cabeza en el suelo y dormitar dos horas antes de que empezara el gran evento.
Y de repente entró él, precedido de una procesión numerosa de obispos y cardenales, y de fondo los cánticos de un coro que puso toda su alma en expresar su propia fe a través de las notas musicales. Se sentía en el ambiente: ilusión, emoción, y a la vez cansancio. Muy pronto, vimos como comenzaba el rito de la beatifiación, poco a poco expresaban los momentos de la vida del beato, como vivía con heroicidad las virtudes cristianas y como después de una vida larga de dolor, de sufrimiento y sobre todo de mucho amor de donación, de entrega, llegó el gran momento en el que el Papa, Benedicto XVI, su sucesor, lo declaraba para toda la Iglesia, beato y por tanto, venerable para toda la cristiandad.

El aplauso atronador, las lágrimas se deslizaban por mi rostro y por lose todos los demás. A mi mente, se agolpaban todos los momentos en los que le vi de cerca, cuando le puede saludar en persona, cuando le escuche preguntar en la plaza de san Pedro a quién habíamos venido a buscar, y de su voz salía rotundamente: CRISTO. Él no has dado a través de sus 26 años de pontificado muchas lecciones pero la mayor ha sido la de un amor de Padre, nos ha enseñado a perdonar, a olvidar y sobre todo a amar no sólo a Cristo si no a los que nos rodean.
Después de este momento tan emotivo, siguió la misa, con calor, con mucho sueño, intentando por todos los medios vencer a la propia naturaleza que gritaba la necesidad de ir al baño, de refrescarse un agua fresca y de encontrar un lugar donde reclinar la cabeza y dormir un poco más.
¿Estamos locos? Yo creo que no. Cada uno de los más de dos millones de personas que nos desplazamos a Roma para vivir esta experiencia, estabamos ahí por alguna razón, por agradecimiento, por fervor, o simplemente por vivir un momento histórico único en la Historia de la Iglesia.
Yo llevaba muy cerca de mi corazón las intenciones de muchas personas: amigos que confiaron sus necesidades para que en persona se las presentara en persona al Beato Juan Pablo II. Intenté vivirlo con la mayor intensidad, y me decía a mí misma que junto a mí estabaís cada uno de vosotros: mi familia, mis amigos y tantas personas que a lo largo de mi vida se ha entremezclado en vivencias intensas y que han fortalecido de una forma u otra mi relación con Cristo, y que me han ayudado a dar pasos de entrega según lo que el mismo Dios me ha ido pidiendo.
No pude entrar a saludarle en persona, y dejar como era mi intención, la hoja con todas las intenciones que llevaba de cada uno de vosotros, pero las fui diciendo cada una desde lo más profundo de mi corazón y sé, de corazón, que Él las ha escuchado todas.
Y ahora, que me encuentro frente a la pantalla de mi ordenador y os describo cada uno de los momentos que viví se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas de la emoción.
Bueno amigos espero que con estas palabras al menos hayas podido haceros una idea de lo que vivistéis desde el corazón conmigo. Un abrazo y que Juan Pablo II sea nuestro leal amigo, Susana