domingo, 2 de octubre de 2011

Fontilles, una experiencia de AMOR

La lepra: miedo, deshaucio, horror, temor, algo desconocido, Calcuta, el P. Damián, Molokay, Ben - Hur, los diez leprosos del Evangelio.

Creo que éstas fueron las cosas que se vinieron a mi mente cuando a finales de mayo me pidieron que buscará una leprosería para llevar a los alumnos de Medicina; inmediatamente como ya se va haciendo habitual me embullí en el buscador de Google y ahí estaba: Fontilles.

Bucé en su página, leí todo lo que aparece y encontré un mail de contacto. Escribí y mi sorpresa fue que al día siguiente recibía una llamada de Toya, la encargada del Voluntariado en Fontilles. Le comenté lo que estabamos buscando, ella tomó nota y me dijo que en unos días me llamaría. Así fue. consultó al comité directivo y aceptaron nuestro proyecto: ir con un número de alumnos a trabajar de forma voluntaria con los enfermos de lepra: aseo personal, limpieza, acompañamiento.

Busqué alojamiento, pedí presupuesto de transporte y en una semana, le estaba presentando al director de la carrera de Medicina todo el proyecto, le encantó hace apenas un día volví de una experiencia que jamás pensé que viviría.

Cuando me subí al autobús el lunes a las 9:00 de la mañana me imaginé por un momento en Molokay, en aquella isla plagada de enfermos de lepra, ocultos tras vendas, con un cascabel y yo imaginándome como una salvadora... y ahora a mi regreso me doy cuenta que me han salvado a mí.

¿Cómo? han devuelto una ilusión a mi vida que no sé si sabré explicar. ¿Miedo? Sí, no sabía lo que me iba a encontrar, no sabría como reaccionaríamos ni yo ni los alumnos. Menos mal, que Toya salió a nuestro encuentro y con un aire muy desenfadado nos fue enseñando todo el centro.


Aquello era increíble, un paisaje de ensueño, rodeado por una muralla: ¿infranqueable? En 1920 era para que los leprosos no se escaparan, hoy es para que el mal, las miradas indiscretas, e incluso las camaras  y los objetivos no alteren la paz, el silencio y la intimidad de los que viven aquí.

En un par de horas, todos nos sentimos muy a gusto, ya sabíamos donde cada quien trabajaría; nos presentaron algunos de los protagonistas de esta historia, y la verdad es que quedamos  impactados. Si créeis que sus sillas de ruedas, sus muñones u otras deficiencias nos alteraron o nos asustaron fue todo lo contrario, casi ni nos percatabamos de eso, porque sus miradas, sus palabras y sobre todo sus sonrisas nos cautivaron. Vimos, convivimos y disfrutamos con personas no con enfermos de lepra.



Al día siguiente, llegamos a las 10:00 de la mañana, nos explicaron lo que teníamos que hacer y manos a la obra: nos pusimos unos guantes, y empezamos a hacer camas, luego afeitamos a algunos de ellos. Al rato me asome por la sala de fisio y allí me encontré con José - ¡qué hombre tan increíble! - empezó a contarme su vida sin más. En un principio nos habían dicho que eran introvertidos, ni mucho menos. Me abrió su corazón de par en par y yo no quería perderme esta oportunidad.

Cuando alguien decide abrirte su corazón te sientes privilegiado de pisar una zona tan sagrada y no entiendes el por qué pero decides abrirte de la misma manera y tratarse de tú a tú con cada uno.

Han sido días que me siguen llenando los ojos de lágrimas porque han sido especiales; he podido convivir con personas de todas partes del mundo: Antonio de Francia; Patricia de Inglaterra, Jesús, español pero más de 40 años en Brasil. Hombres y mujeres con miles de aventuras; algunos todas vividas en este paraíso de amistad, de familia, de amor y otras fueras de esos muros que luego les han traido aquí.

Sí hablan de la lepra, si saben que han sido enfermos pero saben que son personas que necesitan, quieren y merecen ser queridos, visitados, acompañados. Y esto es lo que hemos hecho acompañar, trazar una amistad - ¿en cinco días? pues sí; me considero íntimamente ligada al corazón de José, de Antonio, de Sebastián, de Ginés, de Jesús, de Roberto, de Encarna, de Manuela, de Paquita, de Teresa, de Juana... y de todos y cada uno.

Os lo narro y me vienen constantemente a la mente el rostro de ellos, cuando les repartíamos la merienda después de su siesta; el dar a cada uno lo que quería, buscando satisfacer sus gustos pero sobre todo sus necesidades.

Sentirte privilegiada de que confíen en ti para que les lleves al baño, para que les ayudes, y su humildad te lleva a ti a querer ser como ellos.

Creo que ahora en mi corazón habita Fontilles, y espero que nunca se disipe ningun de esos rostros que en un principio eran anónimos y ahora son amigos.

No puedo terminar esta narración sin deciros, que los 18 alumnos de Medicina también han sido un ejemplo de sencillez, de humildad y de profunda humanidad. Lloraban al despedirse de cada uno, con el miedo e incluso posible certeza que a algunos no los volveran a ver; con el deseo de volver a visitar Fontilles y con la ilusión de compartir todo lo que han vivido.

Muchos tenía miedo, no sabía como debían tratarlos y mi único consejo fue: sed vosotros mismos y dadles lo mejor de vosotros, ¿lo lograron? lo hicieron de 10 y por eso me siento muy segura de que los futuros médicos antes que grandes profesionales - que seguro lo serán - serán bellísimas personas.














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