La sala semi vacía, apenas una decena de personas para degustar el placer no sólo para la vista si no para la mente de unos fotogramas hilvanos con el hilo de una prosa que sale del corazón de un Scott Fitzgerald, de la apremiante verdad que a borbotones se escapa de la pluma de Ernest Hemingway; de los pases de pecho y finas estocadas de un Belmonte en plenitud; o de los paisajes o rostros plasmados en lienzo de Dalí y Picasso, y todo este coctail en la mente y tras esas pequeñas y redondas lentes de un artista como es Woddy Allen.
En definitiva, un peliculón. Un escenario que no necesita de extravagancias o adornos porque por sí mismo ilumina cada escena, derrocha fantasía, glamour, y ese deseo de recordar con melancolía experiencias vividas.
A través de la pluma de un joven guionista de Hollywood, enamorado de París, de la época de los 20, de una época que jamás vivió y que tras las campanadas de Notre Dame a medianoche todo se transforma y le permite zambullirse en sus deseos, sueños y recuerdos que le colman de felicidad pero que más tarde le despertaran a lo que es la realidad de todo ser humano: la eterna insatisfacción.
¡Qué bien que el hombre es un animal insatisfecho! Para muchos los placeres, el poder, el tener son suficientes, para otros insatisfactorio, pero de la misma manera que lo son el amor, la amistad e incluso el anhelo de ser algo que nunca sabrás si llegarás.
Yo me considero una persona idealista, soñadora, y muchas veces me descubro buscando el reflejo de lo que fui o vi en el pasado. Son muchas las personas que en sus sueños se han imaginado viviendo en una época mejor; pero, ¿hay una época mejor? Seguramente la gran mayoría de las personas creen que serían más felices si vivieran en el Renacimiento, o en la era Moderna, en la Belle Epoque, o en los años 60. Pues a nosotros nos ha tocado vivir el cambio de milenio, donde nos estremecíamos cuando eramos niños pensando que al pasar el umbral del siglo XXI llevaríamos trajes plateados, nos moveríamos en automóviles voladores y nos alimentaríamos de comida reducida a pequeñas píldoras de colores.
Pero sí miramos hacia atrás en estos primeros 11 años, no hay mucha diferencia con los hombres y mujeres de los 60, o de los años 20; o los de la época de la Revolución Francesa, todos con la eterna insatisfacción, con el anhelo de ser otras personas diferentes a lo que somos, con deseos de poseer lo que no tenemos y creemos que nos va a dar la felicidad que tanto ansiamos. ¿Nos engañamos? ¿Nunca podremos vivir plenamente felices?
Yo sinceramente creo que viviendo en la Verdad de uno mismo se encuentra esa felicidad que se entremezcla con momentos de dolor, de sufrimiento, de miedo, de incertidumbre, pero no dejan de ser ingredientes que completan lo que dan verdadero sabor a la vida.
Igual que no hay mayor placer para el protagonista que pasear bajo la lluvia por las calles de París; para mí no hay mayor placer que expresar con libertad lo que encierra lo más íntimo de mi corazón.
Os dejo con estas líneas que no son más que una invitación a descubrir como quieres que tu presente transcurra sin la necesidad de recurrir a la tienda de las nostalgias.


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