Dice el texto: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar" Si comparamos hacer el Camino de Santiago con la propia vida, creo que sí tenemos camino: el que Dios ha pensado para nosotros desde que nacemos hasta que llegamos a la eternidad. Pero es verdad, que tú eres el que decides si vas por la derecha o por la izquierda, tú eres el que decides a que ritmo atravesar los poblados o si subes la cuesta de una manera u otra. Sólo tú decides pararte a contemplar unas flores, o simplemente deleitarte con el sonido del riachuelo que camina en paralelo a tu destino. Y lo mismo pasa en la vida: decides quienes son tus amigos, decides estar con una persona y no con otra; e incluso decides que ponerte ese día si un pantalón o una falda, o el color de tu camisa y con que zapatos combinaras el conjunto que llevas.
La vida está cargada de elecciones y muchas veces los escalofríos que sientes es porque realmente no sabes si estarás acertando en tus decisiones; sinceramente yo creo que es mejor arriesgar y hacerlo siempre sin dudar ni un instante, y más cuando las dificultades se presentan y tienes que echarle valor y continuar. De nada sirve arrepentirse, de nada sirve quedarse contemplando lo que hubiera sucedido si haces lo contrario.
¿Por qué os cuento todo esto? Este fin de semana he tenido la oportunidad de hacer dos etapas del Camino portugués que te lleva a la tumba del Apóstol Santiago. Era algo que siempre he querido hacer y no había tenido la oportunidad. Nunca sabré si era el momento para mi cuerpo y mi estado físico - aunque creo que la muestra de que no era el mejor momento es que me he lastimado mi pie; pero lo que sí tengo claro es que sí era el momento para mi alma, que necesitaba caminar acompañada del silencio de mi alma, y la voz del Creador. Mirará donde mirará ahí estaba Él. Para mí, si fue un Camino acompañada del Maestro, era muy consciente en que esta ocasión no me tocaba a mí ser el cireneo si no que en todo momento lo ha sido Él.
Aclaradas todas las cosas en mi cabeza no sé sí lo están pero las bases están firmes y lo están en Él y sólo gracias a Él. Y en la primera jornada del camino nos proponía que le diéramos gracias a Dios por todos los dones: ¡cuánto nos ha dado y que poco lo merecemos! Creo que nunca me cansaré de repertir ese salmo: ¿Cómo te pagaré, oh Señor, todo el bien que me has hecho? Y sí os soy sincera, el don más maravilloso es su misericordia, ésta hace que pueda seguir luchando por aceptarme como soy porqué Él me ama, y nadie mejor que Él me conoce. Y sí Él me ama por lo que soy y conoce lo peor de mí, mis debilidades y miserias no puedo más que levantarme cada vez que me caigo y seguir adelante. Por eso creo, que aunque me lastimé el pie y mi cuerpo me decía que no podía seguir: mi corazón y mis ganas de llegar a Santiago con las intenciones de tantas y tantas personas pudo más.
Hubo momentos, muchos: de silencio, de contemplación, de maravillarme de cosas sencillas, de cosas pequeñas; también hubo largas conversaciones, salidas del fondo del corazón; intercambiando confidencias con una buena amiga que ve su final de camino de la misma manera que yo, y que la vida nos va poniendo en muchas situaciones juntas. Aprovecho para agradecerle esa compañía en cada momento. Su compañía era un aliento más para llegar.
También me encantó imaginarme en muchos momentos la cantidad de hombres y mujeres de todas las edades, nacionalidades, de siglos y siglos que habían recorrido ese mismo camino. Podía escuchar los cascos de los caballos de los Cruzados, o el paso silencioso de tantos peregrinos que descalzos llegaban a los pies del apóstol para pedir perdón, para darle las gracias por algún favor... Cuánta gente habrá pasado por allí, cada quien con su historia, con sus experiencias, con sus sueños e ilusiones.
Ha sido una gran experiencia que me encantaría poder repertirlo. Y sobre todo, volver a saborear ese abrazo en el que me fundí con el Santo Apóstol, donde le agradecí mi vida entera, y le pedí que me diera el coraje de vivir mi vida como él la vivió. Pude en ese abrazo, pedir por mi familia, por mis amigos, por las intenciones de tantas y tantas personas, pedí salud, trabajo, paz de alma e incluso le pedí el Amor de mi vida.
Caminante, sí hay camino pero cada quien se tiene que decidir a recorrerlo de la mejor manera que pueda, y no importa en la forma que llegues: con heridas, lesiones, e incluso con el alma hecha un guiñapo, lo importante es llegar.