viernes, 20 de agosto de 2010

Los recuerdos me llenan de esperanza

Cuando hoy me desperté no pensé que iba a vivir algo como lo que me pasó hoy. Llegué a mi trabajo, y lo empecé ofreciéndoselo a Dios, con mi oración. Transcurrió la mañana haciendo algún que otro favor y escuchando testimonios de jóvenes que ha cambiado su vida por el hecho de haber hecho prácticas de acción social.


Al mediodía había una sorpresa, venía a celebrar la santa misa un antiguo compañero de la universidad. Un joven sacerdote recién ordenado - 9 de mayo - y nos compartía lo que ha sido para él este proceso. En su homilía nos comentaba la cantidad de recuerdos que se agolpaban en su mente y su corazón y que reconocía en los rostros de los muchos que estábamos presentes lo que de alguna manera habían o habíamos influido en su vida.

Esas palabras a mi me llevaron a mis recuerdos, a un pasado no muy lejano, cuando nosotros éramos los alumnos que llenaban los pasillos o que abarrotaban el comedor. Los alumnos que más que entrar en las aulas nos dedicábamos a ir de un lado para otro de participar en muchas de las actividades. Hace ya quince años que yo pise por primera ver esos pasillos, y la Susana que entraba era una muy diferente a la que salía cinco años después y la que ha vuelto a entrar diez años después. Durante esos años de carrera, el trato que recibí, el ejemplo que me dieron y la amistad que me brindaron cambiaron en mí muchas cosas. Me compartieron lo más valioso y preciado que tenía: a Cristo. Y de la mano de muchos de ellos fui conociendo más a un Jesús Amigo, que cautivo tanto mi vida que me llevo a dejarlo todo y seguirlo a ÉL.

A través de otros medios, pero en las mismas circunstancias, Julián también conoció a este Cristo, al igual que María José, y Javier, y Carlos y Álvaro y muchos más. Hoy reunidos a su alrededor creo que no ha sido la única que ha vuelto a sus recuerdos, y estos les han llenado de esperanza, de alegría. La felicidad que ha invadido hoy nuestros corazones es el fruto de un esfuerzo, es el fruto del sacrificio de muchas personas, pero un sacrificio lleno de amor, de confianza en un ideario, de convencimiento de que podemos cambiar el mundo empezando por cambiarnos a nosotros mismos y ayudar a otros a que lo cambien.

Yo no puedo más que agradecer a Dios la oportunidad que me da de trabajar en un lugar, donde me siento en familia, donde puedo ser yo misma, donde puedo disfrutar de lo que hago porque creo en el proyecto, porque me ilusiona, porque me transforma y transforma a otros.

Yo no sé cuántos se habrán percatado de lo vivido hoy pero sin duda es para alabar eternamente a Dios, y yo aprovecho y te pido no sólo por los que hoy acompañábamos a Julián en esta misa si no por muchos otros que por diversas causas hoy no han podido estar ahí pero que desde su puesto agradecen en mayor o menor medida lo que aprendieron en estos pasillos, en estas aulas y puedo afirmar que las grandes lecciones no fueron precisamente en el aula si no en una oficina, en el pasillo, con un café en la cafetería o caminando por el campus con un amigo/a, con un formador que nos abrió los ojos y nos hizo darnos cuenta de lo valiosos que cada uno éramos por simple hecho de ser personas.



Gracias a todos, un abrazo, Susana

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